La masacre cometida por militares israelíes contra tripulantes y pasajeros de una flota humanitaria de barcos que llevaban alimentos, medicinas y ayudas varias para la población palestina de la Franja de Gaza, es una demostración más del carácter racista y criminal del sionismo.
Desde 1948, esa tendencia política subimperialista convirtió a Palestina en una inmensa base militar del capitalismo, y oprimió a un pueblo entero negándole el derecho más básico: el de vivir en libertad en su propia tierra natal.
La política de ocupación que lleva ya 62 años está basada en una concepción religiosa que reclama para los judíos la condición de pueblo elegido por dios, y de tierras prometidas que van, según la leyenda bíblica, desde el Nilo hasta el Éufrates, esto es, desde el medio de Egipto hasta Irak.
Esa es la base ideológica aparente sobre la que el estado capitalista israelí asienta su vocación expansionista. Sin embargo, el de Palestina no es un conflicto religioso sino político.
Con un poder asentado en una gigantesca industria militar, el sistema israelí es el perro guardián de los intereses de los grandes grupos económicos en Oriente Medio.
No se trata de una guerra entre musulmanes y judíos ni tampoco entre dos pueblos semitas, sino de una expresión de la lucha de clases, caracterizada por una resistencia antiimperialista que reconoce sus raíces el mismo día en que la identidad política sionista fundó un Estado y construyó sus herramientas de dominación a imagen y semejanza de las versiones más reaccionarias del conservadurismo y de la socialdemocracia respectivamente, que son ambas expresiones del capitalismo.
Desde 1964, cuando se creó la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), con las características de un frente de resistencia de composición policlasista en el que convivían agrupaciones políticas marxistas leninistas hasta sectores de la derecha religiosa musulmana, la guerra popular contra el régimen sionista se profundizó.
Así fue que la lucha armada llegó a extenderse entre los palestinos de todos los sectores sociales para recuperar su derecho a la autodeterminación. Con los años, el enfrentamiento armado de los guerrilleros palestinos adquirió masividad, hasta convertirse en los levantamientos populares conocidos como “Intifadas”.
Sin embargo, la conducción de la OLP hegemonizada por la organización nacionalista-populista Al Fatah, comenzó a declinar en su poder de convocatoria y de resistencia, a causa de diversas negociaciones que a espaldas del pueblo palestino llevaron adelante muchos de sus principales dirigentes.
Uno de los resultados de las diferencias internas en la OLP fue la política implementada por la llamada Autoridad Nacional Palestina (ANP), una suerte de gobierno limitado a la autogestión administrativa.
Las posturas negociadoras de la ANP frente a la ocupación sionista favorecieron ciertos intereses de la burguesía palestina, en desmedro de la mayoría del pueblo. Eso implicó la negociación de los reclamos originales de autodeterminación e independencia absoluta por parte de la OLP, a cambio de ciertas concesiones realizadas por el sionismo con el apoyo de los norteamericanos.
En ese contexto, la ANP llegó hasta a entregar a Ahmad Saadat, máximo dirigente de la organización Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), a fuerzas militares yanquis y británicas.
Saadat fue puesto bajo custodia de guardiacárceles de esdas nacionalidades, hasta que un acuerdo de éstos últimos con los sionistas permitió su secuestro a manos del ejército israelí, que mantiene hasta hoy a Saadat en condiciones infrahumanas en cárceles de máxima seguridad.
La tragedia palestina atravesó el mundo y desde hace tiempo se instaló también en la Argentina.
El acuerdo de comercial y el intercambio tecnológico mantenido por el gobierno de los Kirchner y el de Israel, es otra desmentida concreta de la veracidad del discurso oficialista sobre los derechos humanos. Pocos pueblos en el mundo actual han visto vulnerados sus derechos como lo ha sido el palestino, victima del imperialismo y al mismo tiempo de las burguesías que mantienen el poder tanto en Israel como en el mundo árabe con Palestina incluida.
La denuncia de la reciente nueva masacre realizada por el sionismo, esta vez contra una misión humanitaria, no puede ser sincera sin denunciar la actitud hipócrita del gobierno argentino y de su oposición parlamentaria al no cortar las relaciones de todo tipo con un régimen racista que en nada se diferencia de lo que fue el apartheid sudafricano.
Paralelamente, la prisión de Roberto Martino es un símbolo de la influencia del poder político sionista sobre el matrimonio presidencial criollo, ya que su detención está estrechamente vinculada con la denuncia por parte de Martino y de la organización a la que pertenece, de las brutalidades sionistas en la Franja de Gaza.
La ruptura diplomática con Israel, que es uno de los reclamos de todos los sectores en lucha del pueblo palestino hacia los gobiernos de todo el mundo, como la disolución de los tratados existentes entre Argentina e Israel, además de la libertad inmediata de Martino, son reivindicaciones legítimas del campo popular argentino, que debe apoyar sin ambigüedades la lucha palestina por la autodeterminación total y absoluta de un pueblo que desde hace más de medio siglo combate por su libertad.


