Cuando el 18 de mayo de 1810 el virrey español Baltasar Hidalgo de Cisneros lanzó un bando llamando al pueblo criollo a permanecer leal a la corona española tras la invasión de los franceses a España, recibió como respuesta la decisión popular de ser libres sin depender de ninguna potencia extranjera.
“Queremos un Cabildo Abierto” fue el reclamo. La primera reacción provino del mismo virrey, quien convocó a los “vecinos notables”, es decir, a los poderosos de la época, a organizar ese Cabildo para poder controlarlo.
El 22 de mayo siguiente se hizo la reunión de notables en la que se decidieron dos cosas: que cese el mandato del virrey y que se forme una Junta de Gobierno…pero con el propio ex virrey Cisneros como presidente.
La protesta no se hizo esperar: el 24, los opositores a la continuidad del régimen colonial exigieron la renuncia de toda la Junta y el 25 presionaron de manera activa y organizadamente por la creación de una nueva Junta de Gobierno sin presencia monárquica.
La historia oficial, que se mantiene vigente hasta nuestros días, fue la escrita por las clases dominantes, los sectores más retrógrados y reaccionarios de lo que con los años sería la Argentina.
“Domingo French y Antonio Berutti repartían escarapelas frente al Cabildo”, dice la leyenda de esas clases dominantes, para ocultar que ambos patriotas formaban parte de un amplio movimiento independentista cuyo centro se ubicó en Buenos Aires pero que estaba levantándose en las provincias, y que utilizó distintos métodos de lucha para sacudirse de encima el yugo de la corona española.
La imprenta donde trabajaba el patriota Agustín Donado le servía a ese movimiento para elaborar su propaganda y falsificar las credenciales que le permitieron a los representantes del pueblo pobre y de sectores antimonárquicos intelectuales entrar al Cabildo; los chicotes, las lanzas, los facones y armas de fuego de los patriotas de a caballo eran usados para dispersar a los monárquicos y persuadir a los “tibios”; el trabuco en el cinto era parte del atuendo del cura Juan Manuel Aparicio cuando recorría los cuarteles llamando a la tropa a sublevarse contra el virrey; en fin, hombres que aspiraban a una Patria soberana, decidieron poner fin a la dominación española mediante la aplicación organizada de la fuerza del pueblo.
Piquetes frente al Cabildo cuando el 22 de mayo de 1810 se intentó crear una Junta de Gobierno encabezada por el virrey con el voto a mano alzada de los personajes “ilustres” y poderosos de Buenos Aires; el escrache -como el que se le hizo a Fray Dionisio Yrigoyen, prior del Convento de San Francisco porteño, para que no siguiera apoyando a los españoles contra la Primera Junta, que consistió en una movilización al monasterio, pintadas en las paredes contra el virrey y el cura, e insultos contra los defensores de la corona -; las movilizaciones populares que incluían a los 600 hombres armados que acompañaban a French y Beruti para repudiar a quienes querían mantener a Cisneros en el poder; los fusilamientos de los que se alzaron en Córdoba para restaurar a la corona; todo era válido, como hoy, para acabar con un estado de cosas que vulneraba el derecho del pueblo a ser libre.
La versión interesada y mentirosa de Bartolomé Mitre, luego adaptada con más mentiras por hombres como Domingo Faustino Sarmiento, entre otros representantes de los que buscaban cambiar una dominación -la española- por otra -la británica-, fue la que prevaleció como política aplicada desde el poder de turno y se imprimió en los libros oficiales para adecuar los hechos a los intereses de las clases dominantes.
Sin embargo, a lo largo de los años, la historia real de una Argentina naciente, fue construyéndose a partir de las luchas populares. Y dentro de ella, se destacó el Plan Revolucionario de Operaciones propuesto por Mariano Moreno, destinado a impedir con el uso de la fuerza revolucionaria, la reimplantación del sistema monárquico en cualquiera de sus variantes, evitando así la posibilidad de “cambiar a un mandón por otro”, en clara referencia a España e Inglaterra respectivamente.
La situación política, marcada a fuego por el enfrentamiento entre los sectores encabezados por Cornelio Saavedra por una parte, y por Moreno por la otra, derivó en el ingreso en escena de las clases más postergadas económicamente, que lograron imponer las reglas de juego, esto es, el enfrentamiento a muerte contra los contrarrevolucionarios y sus mandantes españoles o de cualquier nacionalidad europea, especialmente la británica.
La muerte por envenenamiento de Moreno durante un viaje en barco a Europa fortaleció la posición de Saavedra y dio lugar a luchas intestinas que con el tiempo fueron mellando la participación popular en las grandes decisiones.
Las clases dominantes de entonces mantuvieron el poder y convirtieron, mediante guerras contra el pueblo y masacres terribles, a la nueva nación en un país dependiente de Inglaterra, que aún después de haber fracasado en dos invasiones directas en 1806 y 1807, logró la hegemonía económica y política sobre Argentina hasta que fue desplazada en el siglo XX por los Estados Unidos.
Pero a pesar de los reveses, quedó en hombres y mujeres de nuestro pueblo la llama encendida por una frase de Mariano Moreno:
“Si los pueblos no se ilustran, si no se divulgan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que puede, vale, debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y será tal vez nuestra suerte cambiar de tiranos sin destruir la tiranía”.
Las ideas de independencia de mayo de 1810 se enmarcaron en un tiempo histórico en que el anticolonialismo se esparció por toda América a lo largo de varias décadas, con nombres propios como los de José de San Martín, Martín Miguel de Guemes, Simón Bolívar, Juana Azurduy, José Gervasio de Artigas, José Martí y muchos otros, quienes condujeron las guerras por la independencia y representaron la voluntad de las grandes mayorías populares oprimidas durante siglos por los ocupantes extranjeros y por los poderosos locales aliados a los anteriores.
En ese sentido, el 25 de mayo de 1810 fue un punto de inflexión en la historia de esta parte del mundo que se venía desarrollando y preparando desde mucho tiempo atrás, y que continuó con las campañas libertadoras de los pueblos movilizados y organizados en ejércitos patriotas que derrotaron al colonialismo en América.
Tras el hecho evidente de que España no estaba en condiciones de sostener la supremacía en la llamada “iberoamérica”, diversos sectores económicos locales pugnaron entre sí para obtener réditos en todos los casos basados en la explotación del pueblo y en la entrega de los recursos del nuevo país. Así fue que los enfrentamientos entre los poderosos que representaban a los grandes hacendados ganaderos y los que propiciaban una industrialización limitada de materias primas exportables, determinaron los acontecimientos políticos durante casi toda la segunda mitad del siglo XIX.
Las sucesivas guerras independentistas y los enfrentamientos internos entre las clases dominantes a lo largo y ancho del continente con sus secuelas de dependencia económica y política, tuvieron respuesta popular a través de las ideas de organizaciones integradas por hombres y mujeres que más de un siglo después retomaron aquellas luchas como continuidad histórica de los pueblos americanos, pero incorporando el cambio social revolucionario como motor de la historia y el objetivo a lograr: “su única, verdadera, irrenunciable independencia”, tal como fue proclamado por el Che Guevara al leer la Declaración de La Habana.
En nuestros días, el Bicentenario celebrado por el gobierno nacional y por la oposición capitalista, es el festejo de 200 años de dominación sobre el pueblo argentino. Son 200 años de matanzas y represión, 200 años de exclusión y entrega, 200 años de sometimiento a los dictados del poder imperial antes, e imperialista después y hasta hoy.
Para nosotros, que somos parte del pueblo explotado, este bicentenario representa 200 años de resistencia, de luchas ofensivas, de sacrificios, de defender lo nuestro con nuestro propio pellejo y nuestras propias ideas acerca de la sociedad que queremos construir y de quién debe detentar el poder en toda nuestra América, que para nosotros es el pueblo organizado con los trabajadores a la cabeza.
Hace ya 48 años que Ernesto Guevara señaló, en su “Carta a los Argentinos” cual sería la continuidad histórica del 25 de mayo de 1810 en nuestro país:
“…estamos evocando un día en el cual el pueblo argentino manifestó su decisión de tomar la independencia contra el poder español y después de hacer el cabildo abierto y después de aquellas discusiones de las cuales año tras año recordábamos en actos como estos, después de escuchar las manifestaciones de los obispos españoles que se negaban a la independencia y manifestaban la superioridad racial de España, después de todo eso, hubo que instrumentar aquel triunfo político de un momento y entonces el pueblo argentino tuvo que tomar las armas, pero aún más compañeros, después de tomar las armas y expulsar de todas las fronteras al invasor español, había que asegurar la independencia de la Argentina, asegurando también la independencia de las hermanas naciones de América y los ejércitos argentinos cruzaron los Andes para ayudar a la liberación de otros pueblos y cuando se recuerdan las gestas libertadoras siempre nuestro orgullo, más que el de haber obtenido la libertad de nuestro territorio y haber sabido defenderlo de la intrusión de la fuerza realista, es el haber cooperado a la liberación de Chile y a la liberación del Perú con nuestras fuerzas, con nuestros ejércitos”.
“Aquello era más que un altruismo de las fuerzas revolucionarias, era una necesidad imperiosa, era el dictado de la estrategia militar para obtener una victoria de alcances continentales donde no podía haber victorias parciales, donde no podía haber otro resultado que el triunfo total o la derrota total de las ideas revolucionarias y ese momento de América se repite hoy”.
Por eso reivindicamos y sentimos el deber de continuar con la tarea iniciada por La Legión Infernal, del Ejército de los Andes, del Ejército del Norte, de las montoneras de Guemes, de los 33 Orientales, de Simón Bolívar, de los rebeldes que acompañaron a Manuel Rodríguez, de José Martí, Emiliano Zapata, Augusto Sandino, Farabundo Martí, Camilo Torres, Mario Roberto Santucho, Raúl Sendic, Miguel Enríquez, Manuel Marulanda Vélez, y de todos aquellos que en los últimos dos siglos de este sufrido continente tuvieron la claridad política y el coraje de enfrentar a los enemigos del pueblo, tanto extranjeros como a sus vasallos y socios locales, de la misma forma en que lo hicieron nuestro antecesores.


