Contra el saqueo y la Contaminación
Hoy, 25 de abril participamos en la marcha de Gualeguaychú…
El fallo de la Corte Internacional de La Haya que permite en los hechos la presencia de UPM (ex Botnia) en Fray Bentos era previsible.
Más allá del discurso formal de esos jueces sobre el incumplimiento por parte del gobierno uruguayo del tratado del Río Uruguay, lo cierto es que la contaminación sigue su curso, ahora, con aval jurídico internacional.
Ante esa situación, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner optó por tratar de salvar su “imagen” argumentando que el fallo le había dado la razón a Argentina al reconocer los incumplimientos uruguayos, y al mismo tiempo dejó en soledad a los habitantes de Gualeguaychú a los que otrora había intentado seducir con su retórica vacía.
También en este caso, el gobierno nacional mostró a quienes elige cuando la disyuntiva es los negocios o el pueblo.
En realidad, esto no debe sorprender a nadie ya que desde los poderes ejecutivos nacional y regionales se fomenta la instalación de este tipo de industrias contaminantes mediante exenciones impositivas, subsidios a la exportación, obras públicas hechas a la medida de las necesidades de las empresas y no de la población, entre otros beneficios económicos, que son prueba irrefutable de la sociedad que se ha constituido entre los políticos del sistema, oficialistas u opositores, y las grandes empresas.
Pese a ello, a lo largo y ancho de la Argentina crecen las luchas populares para proteger el medioambiente, y si bien las que mayor repercusión mediática han tenido por la actitud firme y constante del pueblo son las de Gualeguaychú y Andalgalá, en varias provincias hombres y mujeres se movilizan organizados en asambleas, multisectoriales, foros, coordinadoras o agrupaciones, contra las compañías que contaminan y se apropian de riquezas naturales.
Campesinos que pelean por la tenencia de la tierra; habitantes de muchas localidades que denuncian la fumigación con agrotóxicos que los envenena lentamente para profundizar el modelo de sojización; luchas populares por el acceso al agua potable, contra la construcción de nuevas represas, canalizaciones, desvíos fluviales, relocalización de industrias y basurales y otras formas de degradación ambiental: nuestro pueblo siente ya en carne propia los efectos del saqueo constante y comienza a responder.
Como contrapartida, el gobierno nacional y los gobiernos provinciales y municipales suelen responder a las protestas con el envío de fuerzas policiales o de Gendarmería, mostrando claramente sus intenciones.
Las acciones depredadoras de las grandes empresas tienen sobrados antecedentes en nuestra historia. Un ejemplo claro al respecto es el de La Forestal, una empresa “argentina” de capitales ingleses, franceses y alemanes, que comenzó a extraer la madera desde 1872, hasta que se retiró del país definitivamente en 1966.
Esa compañía explotó un millón y medio de hectáreas de bosques en el norte de la provincia de Santa Fe, sur del Chaco y noroeste de Santiago del Estero. Las consecuencias fueron, además de un costo social de miles de trabajadores desempleados y de represiones continuas con centenares de muertos, la desaparición del 86 % de los bosques santafesinos.
Hoy las grandes empresas extranjeras y locales actúan con similares criterios y objetivos que La Forestal, usando la misma lógica y metodología, ya que tanto una como las otras comparten los rasgos principales del capitalismo, es decir la eliminación de costos y el mantenimiento de las tasas de ganancia, para lo cual no dudan en extraer la mayor cantidad de riquezas que se pueda durante todo el tiempo en que ello sea rentable, para después emigrar y dejar a grandes regiones naturalmente ricas de los países afectados convertidos en un desierto.
La lucha contra el saqueo y la contaminación no es una cuestión meramente “ecológica”, como quieren hacer creer esas empresas, los políticos que las representan y los medios periodísticos que actúan como sus voceros, sino que tiene un profundo carácter anticapitalista y antiimperialista.
Otra de las grandes mentiras difundidas para encubrir el saqueo de nuestros recursos es la supuesta generación de puestos de trabajo. Las pasteras en Uruguay dejaron claro que la cantidad de nuevos empleos son ínfimos, mucho más tomando en cuenta los efectos terribles que sus operaciones generan para poblaciones enteras.
Tal como sucedió con La Forestal, sobre la tierra o el agua arrasada por la contaminación, la tala indiscriminada o el sembrado de soja, queda solamente la devastación, mientras la riqueza extraída va hacia los centros de poder capitalista.
En un país donde el desempleo y la miseria de millones es uno de los grandes males del presente, esa política es sencillamente criminal.
La reacción popular, mientras tanto, recibe una clara señal desde el poder: leyes antiterroristas, legislación represiva en general, y campañas mediáticas como parte de sus operaciones de acción psicológica. Todo ello está incluido en un objetivo global del imperialismo para apropiarse de lo que es del pueblo.
Este proceso de apropiación por la fuerza no es solamente un rasgo de la Argentina, ya que en toda Latinoamérica suceden hechos similares. Las llamadas guerras por el agua, las luchas por la recuperación del gas en Bolivia, los conflictos por la apropiación del petróleo en Ecuador y Venezuela, los enfrentamientos de los pueblos originarios contra la explotación minera en Perú y Guatemala, los esfuerzos de los perjudicados por las represas en América Central o las movilizaciones contra la privatización de la biodiversidad en México, demuestran que el gran capital está atacando a los pueblos de todo el continente.
En ese sentido, y más allá de los fallos amañados de ciertas entidades internacionales o de las posiciones hipócritas de los gobiernos asociados a los capitales multinacionales, la única respuesta sensata es confiar en las propias fuerzas del pueblo y seguir la pelea.
Solamente con acciones permanentes, organizadas y coordinadas, será posible detener los atropellos que el capitalismo viene cometiendo desde hace siglos y que en esta etapa está profundizando. Está claro que la lucha por la defensa del medioambiente, de la tierra, del aire, del agua, de los recursos naturales, es contra el capitalismo que los destruye.
Después de todo, cuando el blanco de los ataques es la propia naturaleza, es también natural que los pueblos se rebelen.



