La ocupación de las islas Malvinas por parte del Imperio Británico es uno de los resabios coloniales que quedan en el mundo y su recuperación como parte del territorio argentino es un legítimo derecho de nuestro pueblo.
Sin embargo, las clases dominantes locales han hecho de esa reivindicación una consigna vacía a la que recurrieron varias veces con fines que nada tienen que ver con los intereses populares.
La más cruenta y evidente maniobra en ese sentido fue la guerra de Malvinas, en 1982. Se trató de una maniobra premeditada urdida por los militares encabezados por Leopoldo Galtieri, con el fin de obtener legitimidad interna frente a las crecientes protestas populares contra la dictadura, y al mismo tiempo reposicionarse en el ámbito mundial a raíz de la imagen negativa del régimen ante la opinión pública internacional.
Una mezcla de impericia técnica por parte de unas fuerzas armadas creadas y entrenadas para combatir contra su enemigo interno, esto es, contra el pueblo argentino; y de ignorancia política que las llevó a creer que los Estados Unidos privilegiarían a un país del tercer mundo antes que a un aliado permanente en su vocación imperialista como el Reino Unido: esas fueron las razones de la derrota vergonzosa que sufrieron las cúpulas de las tres armas de la dictadura ante las fuerzas armadas británicas.
A partir de ese momento, los reclamos por las Malvinas se convirtieron en pedidos formales a través de inservibles vías diplomáticas.
Desde la verborragia de Alfonsín, pasando por los ositos de peluche que el
canciller de Menem les mandaba a los habitantes ingleses de las islas, hasta el discurso “descolonizador” del gobierno Kirchner, todas las expresiones de las clases dominantes sobre Malvinas fueron una pantomima para distraer al pueblo.
Mientras tanto, en medio de tantos discursos vacíos, los sucesivos gobiernos ungidos por el régimen electoralista del capitalismo entregaron los recursos naturales argentinos y abrieron las puertas a la voracidad de las grandes empresas multinacionales y de ciertas corporaciones locales que no solamente se apropiaron del patrimonio territorial de nuestro pueblo, sino que lo fueron degradando con la contaminación y el saqueo constante al que fue sometido.
Uno de los elementos centrales que hizo resurgir ahora la “disputa” por las Malvinas son las reservas petroleras. La mayor reserva del mundo, ubicada en Arabia Saudita, posee unos 80 mil millones de barriles mientras que en nuestras islas del Atlántico Sur se calcula que hay unos 60 mil millones. Las reservas de la Argentina son muchísimo menores: unos 2.600 millones de barriles.
Mientras el gobierno habla de “recuperar” Malvinas enarbolando un falso discurso relacionado con la “soberanía”, las empresas que pretenden explotar los recursos petroleros en esa zona mantienen una vinculación directa con la deuda externa argentina y con las mega explotaciones mineras en nuestro país.
Así es como Desire Petroleum y Borders & Southern Petroleum tienen como accionista al banco Barclays, que es el que negocia la reapertura del canje de la deuda externa. Este banco, además, es dueño de la empresa Minera Alumbrera que se encuentra en Catamarca.
Otra de las compañías que operan en la zona austral, la Falkland Oil & Gas, está asociada con la empresa angloaustraliana BHP Billiton, que explota desde 2008 cobre y oro en 40 mil hectáreas que le fueron concedidas por el gobierno de Salta.
La compra indiscriminada de campos por parte de grandes grupos económicos extranjeros como Benetton; las compañías mineras que extraen riqueza y siembran miseria y contaminación; los pulpos de la soja que degradan la tierra y piensan solamente en la exportación para obtener divisas, dejando de lado la soberanía alimentaria y las necesidades básicas de nuestro pueblo; las empresas privatizadas de servicios en manos de grupos generalmente foráneos o de conglomerados económicos locales regidos por las reglas de la explotación capitalista, son algunos de los ejemplos que muestran la verdadera cara de quienes hablan de recuperación de las Malvinas.
Desde esa óptica, sabemos que cualquier recuperación territorial, incluidas las islas Malvinas, debe enmarcarse, para ser real, en la recuperación de todos los recursos, todas las riquezas, todos los resortes del poder, por parte del pueblo y sus organizaciones políticas y sociales.
El antiimperialismo no puede entenderse como una cuestión nacional, fronteras adentro, en el sentido burgués del término. La verdadera “cuestión nacional” es la que está determinada por la representatividad de clase de quien controla el poder económico, político, militar y todos los resortes del Estado. Desde nuestra manera de ver el mundo, el socialismo es el único sistema capaz de encarar la “cuestión nacional” con una mirada de clase, revolucionaria y popular.
Las recientes quejas de oficialistas y ciertos opositores a raíz de la eventual explotación de los bienes naturales de las islas, son solamente una cortina de humo que encubre las intenciones de sectores políticos que representan a grupos económicos con ambiciones de apoderarse ellos mismos de esos recursos.
Quieren la riqueza de las islas del Atlántico Sur para hacer lo mismo que vienen haciendo desde hace dos siglos con todo lo que producen los trabajadores, los campesinos, los pobres en general, en todo el país: concentrarla en pocas manos y venderla al mejor postor.
El capitalismo no sabe de “cuestiones nacionales” sino de poder económico, de ganancias y de explotación. En el capitalismo, las mayorías están sometidas a las minorías enriquecidas por el trabajo ajeno. No hay “capitalismo salvaje”, todo capitalismo es salvaje. Es su esencia, es el sentido de su existencia, es la razón de ser de un sistema depredador y parasitario que vive del esfuerzo de los demás.
En este sentido, nuestros esfuerzos deben apuntar a recuperar las Malvinas para ponerlas, como al resto del territorio argentino, al servicio de nuestros propios intereses. Y eso solo se consigue con lucha y organización; con un enfrentamiento permanente contra los enemigos del pueblo construyendo poder popular.


